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LA HIJA DESHEREDADA

Lampazos siglo, XVIII

Lampazos de los Naranjos, N.L.

Del mismo señor de Sobrevilla nos ha quedado una preciosa leyenda que se escucha todavía en los labios de los ancianos. 

Refiriendose éstos, que el acaudalado minero tenía una hija, que por su belleza era el objeto de admiración de todos los mancebos de lugar. Su orgulloso padre, había concertado su enlace con el hijo de otro acaudalado minero, cuya fortuna era, sino igual, al menos digna de consideración. 

Por el amor, que nada sabe de fortunas ni de riquezas, hizo que la bella niña se prendara locamente del más pobre gañán, que desde muy niño pastoreaba los ganados de su padre. Por demás esta decir, lo dificíl que para ellos era verse. Uno y otro contentábanse con hacerlo desde la reja de su aposento alto hasta los rediles del traspatio o al asomar la aurora cuando él iba por la angosta calleja con su hato y ella cruzaba la plaza mayor, runbo al templo custodiada por su dueña.

Llegó por fin el día señalado para su boda con el rico pretendiente. Mientras todos los modadores de la regia mansión, alegres hacen los preparativos nupciales, ella vivía horas de angustia pensando en su infelicidad y, por fin, decidió escapar con su enamorado gañán, dejando defraudadas las aspiraciones del rico pretendiente, que ya veía acrecentada su fortuna con el enlace.

Pasó el tiempo. El padre admitió nuevamente a su hija en la señorial mansión. Más ya no fue, a partir de entonces la, niña objeto de los mimos de su padre. El ofendido señor de Sobrevilla no perdonó y dictó órdenes terminantes para que se le tratara como a la última de las esclavas.

No concluyeron allí sus enojos. Investido de su autoridad desterró al gañan a los remotos y, reuniendo a toda su familia, declaró, en presencia de todos, que su hija quedaría desheredada.

La ausencia de su amado y la pena de verse despreciada y humillada abreviarón sus días.

El día de su muerte, su íracundo padre, hizo que fuese tendida en el duro suelo de la pieza principal, vestida con lo más humildes harapos.

Abrió de par en par las puertas y colocó en el piso un plato de barro para que los piadosos vecinos arrojaran algunas monedas para enterrarla de limosna, como es fama que sucedió.

Los sucesores directos e indirectos de la rancia familia de Sobrevilla que por más de una centuria han habitado el viejo caserón, aseguran averla visto vagar por los pasillos hasta asomarse a la torneada reja de su alcoba.

Barrio de las Tenerias

Suena el toque de queda. Por el barrio de las Tenerías, caminaban apresuradamente, los que tarde vuelven al hogar. Cruzan ese barrio deseando llegar cuanto antes a sus casas y sin atreverse a confesar el temblor de espanto que sienten al pasar por allí.

 A lo lejos, el grito del centinela se antoja escalofriante. Envuelve al barrio un ambiente de trajedia que se adentra hasta las mismas humildes viviendas.

 Cuentan los encillos vecinos, con misterio y con horror, que el diablo noche a noche pasea por aquel rincón de la ciudad, dejando a su paso un penetrante olor a azufre.

 Por eso es, que apenas oscurece, las puertas son atrancadas, las familias se recojen y sólo rompe el silencio la voz del sereno.

 Una oscurisima noche cuando el vigilante gritaba: ¡Las doce y sereno………! los vecinos del lugar, oyeron espantados los gritos desesperados pidiendo socorro; pero todas las puertas permanecrion cerrdas nadien abrió la suya al infeliz que demandaba ayuda, y el grito perdio en el silencio de la noche.

 Al día siguiente, apenas amaneció, un abriego que se encaminaba al cercano laborío, se encontró con un hombre , que inconsiente, yacía junto a una cerca. S acercó a él para auxiliarlo y cuando y cundo volvió en sí le conto que: “trasnochador y mujeriego, venía en busca de nuevas aventuras, cuando al paso le salio un hombre envuelto en negros ropajes. En su cara, horrorosamente fea brillaban como centellas sus ojos y dejaban ver dos largas y delgadas piernas y que, teniéndolo tan cerca de él , sobrecojido de terror, logró sacar el cuchillo que siempre llevaba al cinto y lo había hundido varias veces en el pechode aquel extarño ser, sin herirlo y sin lograr que se alejara, hasta que, no pudo resistir por más tiempo las centellantes miradas que lo cegaban perdió el conocimiento”.

 Muchos de los vecinos aseguraban haber visto el mismo diablo paseando por el aquel lugar . Desde entonses se conose a ese barrio de Monterrey con el nombre de el Rincón del Diablo.

Monterrey, siglo XVIII

Uno de los argumentos mayor socorridos por la imaginación popular, es el de los pasadizos subterráneos.

El folklore mexicano, en este aspecto, conserva innumerables leyendas de intrincados laberintos y de túneneles misteriosos que comunicaban conventos y catedrales, palacios y refugios de saltadores.

La fantasía del pueblo hace transitar por estos oscuros verícuetos a monjas y frailes; caballeros y damas encumbradas; espadachines y bandoleros; no siendo pocos lo que pasan por allí carrozas y literas de un sitio a otro no siendo distante que fuese, sin obstáculo alguno y libres de las miradas indiscretas.

Monterrey cuenta, merced a esta prodigiosa inventida popular, con varios pasadizos subterráneos.

La tradicion a taladrado el durisímo suelo de la cuidad, unas veces del antiguo Palacio Episcopal, ( En la esquina Noreste de Morelos y Zaragoza ocupada ahora por la Gran Plaza), ala Catedral; y otras, de esta misma iglesia hasta la esquina del Convento de Las Madres del Convento Encarnado, actual Escuela Secundaria n°1.

Pero el del mayor fama es, indudablemente, el del Obispo Verger sobre la loma de Chepe Vera.

Muchos son los que afirman, que es tan amplio, que el carruaje del obispado lo recorría sin dificultad alguna y que tenía comunicación con el convento de las Monjas del Verbo Encarnado y con el Palacio Episcopal.

Los curiosos estudiantes de secundaria, escudriñando por los viejos muros de su vetusto plantel han visto no pocas veces, cierta lápida misteriosa que cubre la entrada a este pasaje legendario. De igual manera los visitantes del Obispado, antes de su restauración, situaban el acceso al túnel en cierto enigmático hundimiento en el piso del oratorio.

También pudieron verse, al edificarse en la misma de Morelos y Zaragoza, ya citadas, antiquísimos arcos de ladrillo a una profundidad que reafirmó aunque sin confirmarla, la existencia del misterioso túnel del Obispado.

La tradición religiosa en Nuevo León establece comunidad de origen para tres Cristos veneradisimos en el noreste: el de la Capilla, de Saltillo, el de Tlaxcala, de Bustamante, y el de expiración de Guadalupe. La piedad popular asegura que,”los tres cristos son hermanitos” .

Las fiestas titulares de los tres cristos coinciden, con ecepción del de Guadalupe con tres dias de diferencia. Los dos primeros son festejados el 6 de agosto el de la expiración el dia 9.

Sin precisar la procedencia, se afirma que venían en tres grandes cajas, formando parte del cargamento de una recua numerosa y que, en alg{un del camino se separarón para llegar al sitiio en que actualmente son venerados.

La historia, sin embargo , se ha encargado de dilucidar el origen de los primeros. El histiriador Vito Alessio Robles, siguiendo los datos que consigna a el padre Lucas de las Casas en la Novena del Cristo de la Capilla, en su edición de 1772, asienta que esta imagen fue traída ala capital de Coahuila en 1688.

Sólo el origen del Señor de Tlaxcala, existe el contratro celebrado entre la india Ana Maria y el pueblo de Tlaxacla , en 1715, para cederles el Cristo que habían traído ella y Bernabé, su marido, al entrar a poblar en el Real de las Sabinas en 1688.

Solo el origen del Señor de la Expiración no ha sido precisado y pertenece ala leyenda.

La versión, transmitida a través de la generaciones, asegura que una mula -otra versión dice que un asno cargada con una enorme caja llegó ala primitiva capilla del pueblo de Guadalupe.Con el hocico hizo sonar la campana. Españoles e indios acudierón y, al no encontar rastro alguno del duño de la bestia la despojarón de la caja, la abrieron y se dieron cuenta de que contenía la devota imagen del Señor Crucificado. La introdujeron ala capilla y al salir vieron ala bestia, muerta junto la puerta, donde la sepultaron .

Desde entonces,sin precisarse año algunopero sí desde los primeros de la función religiosa y con feria en la plaza. Anualmente tambíen ha sido sacada la imagen en proseción por las calles del lugar, concentarndo a una enorme muchedumbre de devotos.

Es fama que “cuando no quiere salir” del templo, la magen “se hace pesada “ y ni el mayor número de integrantes de la Hermandad del Señor logra levantarlo.Es fama tambíen que en tiempos de sequía era llevado a Monterrey a solicitud del Ayuntamiento de la Ciudad o del Gobierno de Nuevo León, a fin de implorar la lluvia, que nunca se hizo esperar. Como tampoco se llegó el templo después de la procesión, sin haberse mojado los asistentes por el aguacero.

En los últimos años del gobierno de Don Martín de Zavala, muerto en 1664, hubo fuertes alzamientos de los indios. Los de la parte norte de Cerralvo hasta la ribera del Río Bravo, eran los más hostiles. Daban el albazo en los lugares indefensos y los dejaban sin caballos ni ganado.

Al fin de aplacarlos se organizaban compañias que salían a perseguirlos. Con ese propósito fue improvisada una que salió de Cerralvo por el rumbo del Alamo, a cargo del capitán Alonso de León.

Empezó a lloviznar y los soldados hicieron alto en el lugar más conveniente para pasar la noche. Conforme a las reglas de la milicia fueron designados los que habían de velar por los turnos.

Tocó al soldado Felipe de la Fuente, mestizo, formar parte de la guardia “de prima”. Así él como sus compañeros estuvieron al pendiente del menor movimiento que se sintiera entre le chaparral. Muchas veces los alarmó el paso fugaz de un venado, o el de un coyote. Otras, el cantod e algún ave nocturna, teniendo que discernir si lo era en realidad o si se trataba de los indios, que solían imitarlo a la perfección.

Pero esa noche hubo otro inusitado motivo de alarma. La espada de Felipe de la Fuente, que traía en la cinta, desenvainada, “comenzo a arder”. La hoja “se fue poniendo colorada desde la punta en adelante, en la forma como cuando los herreros sacan de la fragua algún hierro para batir el yunque”.

En la oscuridad de la noche, la luz de la espada ardiente se hacía más intensa. En vano el mismo soldado y sus azorados compañeros intentaban apagarla entre los dobleces de sus capotes, húmedos por la llovizna.

Lo que más les maravillaba era que no desaparecía el color del fuego y que, en cambio, el acero estuviera completamente frío.

El extraño suceso, relatado por el cronista Juan Bautista Chapa, duró “por espacio de casi una hora”. Los soldados que hacían la vela y los que despertaron el ruido producido en los intentos de apagarla, comentaron, como testigos, emitiendo encontradas opiniones.

El mismo cronista averiguó más tarde que la espada había pertenecido al difunto gobernador Martín de Zavala, discurriendo que pudo haber sucedido lo que sucedio por haberla traído “el soldado más íntimo de la compañia” y porque “se debía haber hecho más estimación de ella”.

El capitán Gonzálo Fernández de Castro fue uno de los más destacados pobladores del Nuevo Reino de León, en la primera mitad del siglo XVII. Tenpia, además de su casa en Monterrey, sus vastas propiedades en la antigua hacienda de la Pesquería Grande, actual Villa de García.

Refiere el crónista Alonso de León que hallándose el capitán una mañana en su hacienda, oyó “ruido de voces”, producidas por la gente de su encomienda que estaba realizando sus tareas en la labor.

Se acercó con rapidez haber qué sucedía y se encontró con que “un indio capitanejo” torcía la cabeza a una hija suya “de hasta siete años”.

Reprendió severamente Don Gonzalo al indio y, al preguntarle porqué intentaba matar a su pequeña hija, le respondió que lo hacía porque “habia soñado que una gran roca se desprendía de la sierra” y que los estragos que podía causar esta enorme piedra sólo podrían evitarse matando a su hija.

El capitán Fernández de Castro tuvo la precaución de retener a su lado a la niña, a fin de protergerla del supersticioso padre. Para ello, la llevó consigo a sus familiares, explicándoles lo sucedido y encargando así a ellos como a su servidumbre que cuidaran de ella.

Don Gonzalo, hombre cristiano y de amplio criterio, quedó sin embargo más que confundido, cuando “al día siguiente, al amanecer”, todos los habitantes de la hacienda que se habian levantado ya a sus tareas cotidianas, escucharon “un gran estruendo”. Era un peñasco gigantesco que, desprendiéndose desde lo mas alto, rodaba estripitosamente en la serranía.

El del indio, había resultado ser un sueño profético.

El conquistador español fue siempre un soñador y un quijote. En pos de un ideal, forjó su imaginación cosas inexistentes. Heredero inmediato del espíritu medieval, creó su fantasía la famosa Gran Quivira; las deslumbrantes Siete Ciudades de Oro, la riqueza prodigiosa de El Dorado; La Fuente de la Eterna Juventud; etc.

Los primeros pobladores del Nuevo Reino de León echaron andar también su imaginación y crearon un maravilloso Cerro de la Plata.

En el capítulo V de su crónica, Alonso de León, sin hacerse solidario de su existencia, asienta:

“un cerro dicen que hay, que llaman El de la Plata, incógnito a los que hoy viven, también lo sería a los pasados”

Quienes habían hecho jornadas hacia el Norte, aseguraban haberlo visto brillar en toda su magnificencia.

Pero no solo el crónista se refiere a este cerro maravilloso. El propio gobernador Martín de Zavala, en el memorial que envío al Rey Felipe IV en 1655, expresa con entusiasmo que ya tiene “evidente noticia” de su existencia.

No cabe duda, sin embargo, que el deslumbrante Cerro de la Plata o se alejaba cada vez que alguien se acercaba, o por artes de encantamiento hacía que se frustaran cuantos codiciosos intentos  se hacían de alcanzarlo. Porque, ya dispuesta en Monterrey en 1644, una compañia al mando de general Juan de Zavala para ir en su busca,  y ya lista otra en 1648 con el mismo propósito, los alzamientos de los icauras, cuaracatas y otras naciones desviaban la atención y se malograba la salida.

Lo mismo sucedió a las expediciones organizadas por el gobernador de la Nueva Vizcaya.

Jamás fue posible, ni de Monterrey ni del Parral llegar al Cerro de la Plata.

Los pobladores del Noreste hubieron de resignarse a abrigar la esperanza de llegar a esta fabulosa montaña, y que muchos juraban y “perjuraban” haber visto de vez en cuando en el indefinido horizonte del Norte del Nuevo Reino de León.

Quetzalcoatl en Cerralvo

Alonso de León, capitán y cronista, hizo expediciones de suma importancia para el descubrimiento y población del Noreste. En 1643, realizó una de estas jornadas, partiendo de la Villa de Cerralvo a las Salinas de San Lorenzo.

Entre la numerosa gente militar y de servicio que le acompaño iba, en calidad de intérprete, Martinillo, indio cataara.

Gustaba el cronista de conversar con los indios, a fin de informarse de sus costumbres. Conocedor de la región, Martinillo le sugirió que el regreso de la jornada se hiciese “por aquellos bosques que acullá aparecen” (y señalo hacia más allá del río de San Juan.

Relató que había allí un ojo de agua que “no corre, ni crece, ni mengua ni se le halla fondo”; y que en su bordo crecá “una macolla de trigo que espiga y grana”, la que, aunque los indios la cortaban, volvía a salir y jamás faltaba.

Contó ademas Martinillo cómo oía decir a los indios ancianos que sus mayores les decían que a ese lugar “venía algunas veces un hombre de buen rostro y mozo y les decía muchas cosas buenas”, pero que, cuando se alejaba, “venía otro hombre muy feo, pintado como ellos y les decía que no le creyesen, que era un embustero”.

Nuevamente volvía el hombre bueno, pero, al hablarles, se le veía triste y “se iba con poco fruto”; hasta que, convencido de que no le querían seguir, se alejó para siempre, dejando “la estampa de los dos pies en la piedra donde se paraba y que hasta ahora estaba así”.

En el viaje de retorno, la expedición tomó por un rumbo muy alejado. Ya en Monterrey, el gobernador Don Martín de Zavala ordenó hacer una jornada al sitio aledaño, pero se frustró la salida porque Martinillo enfermó y murió.

El cronista asocia el relato a la tradición de Quetzalcoatl y conjetura, por otra parte, que pudiera tratarse de Alvar Nuñez Cabeza de Vacao del alguno de los suyos que “parece, por buena regla de cosmografía… era forzoso que pasen por muy cerca de donde hoy es la villa de Cerralvo


No cabe duda que en los dos primeros siglos fue el Nuevo Reino de León tierra de frontera.

El gobernador Luis de Carvajal, en sus frecuentes ausencias de la ciudad de León, actual Cerralvo, dejaba a alguien ejerciendo justicia. Sin embargo, imperaba la ley del más fuerte.

Cuenta Alonso de León en su crónica, que un indio tuvo un enfrentamiento con el capitán Lucas de Linares, y que este mató al indio disponiendo que lo enterraran en el corral de las yeguas.

Pero su orden fue tan mal cumplida, que el cadáver quedó con un pie insepulto. Los demás indios lo descubrieron e inmediatamente convocaron a un alzamiento para vengarse y acabar con los españoles.

Estos no se hubieran dado cuenta, a no ser que un indio leal dió aviso a Martín de Solís, quien descansaba tranquilamente en el torreón.

Tal y como el indio se lo dijo, a mediodía dieron los indios el albazo, “dando alaridos y flechando”.

Los españoles tomaron sus espadas, adargas y alcabuces; protegieron sus cuerpos con sus cotas de malla y, con las mujeres y los niños, se situaron en el torreón iniciando la defensa.

Viendo que los indios se llevaban del corral unas cabras, el capitán Linares inprudentemente salió “con su chimal y su espada en mano” con el intento de rescatarlas. Como era Linares el objeto principal de la venganza, los indios le capturaron y, matándole, le cortaron la lengua. Además le quitaron la espada y poniéndole un lienzo en la punta, la esgrimieron victoriosos como bandera.

No disponían los españoles de caballos, que habían quedado lejos. Sólo había uno, el de Hernando de Arías quien, habilísimo jinete, “saltó en él e hizo bellezas”.

Enfrentándose solo a los indios, logró matar al que empuñaba la espada y a cuantos pudo tener a su alzance, haciéndolos huir hacia el monte.

Al relatar esta hazaña recuerda el cronista que “era de tantas fuerzas este hombre que se echaba al hombro un caballo como quien carga un cabrito”; porque así se lo contaron los pobladores antiguos que le conocieron. Le dijeron, además, que “en otra ocasión, viniendo de la provincia de Coahuila a Saltillo, se le cansó el caballo y él se lo echó al hombro con todo lo que llevaba y anduvo tres leguas con él y lo puso a salvo”.

El cronista ve en Hernando de Arías a un nuevo Sansón, por que “libró a su pueblo matando mil filisteos y después cargo las puertas de la ciudad de Gaza hasta dejarlas en lo alto del monte”.